
Después de casi un siglo de su descubrimiento arqueológico, un grupo de amigos organizan un viaje al Perú, con la intención de percibir los misterios del primer emperador del Tawantinsuyu...
Luego de millones de minutos de organización emprendimos esto que
dice llamarse viaje. Concepto bastante “afinado” para mi vocabulario,
para lo cual en este instante apreto DELETE en mi teclado y comienzo
nuevamente a escribir.
Ahora si, comenzó “el juego”:
Observando
el mapa, la escala resultaba muy sincera pero una vez atravesada la
“alejada Quiaca”, el tiempo se detuvo, y la cámara lenta tomó su
delantera.
Estábamos en Bolivia: país inmóvil, de “marionetas
vivientes”, sociedad sordo muda y paisajes autistas. Nuestros ojos
descalzos, sin vestimenta, desnudos por un mundo tan solitario, fueron
contemplando la maravillosidad de llegar a ese gran imperio. Imperio
tan conocido, por turistas, cronistas, historiadores, geólogos, etc,
etc, etc y muchos etcs, de los cuales no quisiera tomar ningún papel en
el momento de su llegada. Solo ser una simple “curiosa”.
Pues
resultaba que la “linda y quedada” Bolivia pretendía ser un cruce a ese
imperio, del cual no fue solo eso, sino un síndrome de experiencias
elevadas a su máximo potencial, las cuales contaré detenidamente en
otros renglones ajenos a estos.
Sin embargo, nuestro meta
final era llegar a ese redundante y ya mencionado “gran Imperio Inca” =
al que todos conocen por Machu Pichu, [para nosotros, Cerro Viejo]. Fue
así que al atravesar ese “gran fuentón” tan elevado de agua, [por
cierto el más alto del mundo] denominado Titicaca, llegamos al lindo
Perú, y entre idas y vueltas un 16 de marzo a la 6:00 am, a 2400 mtrs
sobre el nivel del mar, un nuevo cielo se abrió ante nosotros, y
manifestaciones de nubes nos dieron la reverencia.
Así
conocimos a “Machu Pichu”, “rasty” de piedras graníticas, flujos verdes
terraplenados y asoleados por el amanecer, entorno impresionista con
llamas y vicuñas hiperrealistas se deslizaban en una mancha verde
manzana. Cúmulo de gente se precitaba ante esta fantástica “hiper obra
de arte”, se sentía participe de ella, y se dejaba sumergir en este mar
rocoso de energías, historias y vidas pasadas. Mis ojos fijados en mis
pies ante este telón añejado de cultura, solo observaba la estática y
el equilibrio construido, la inmensidad y pequeñez de la escala, las
proporciones de ese paisaje convertido en escenario, y el reflejo de
una fiel arquitectura. Arquitectura autentica, no descubierta y abusada
por esa avasalladora colonia e influenciada por modelos y estilos del
otro lado del mapa; entre otras palabras un obra cien por ciento inca y
realizada con la obra de arte más singular del hombre: la mano.
Fue así como de ese modo comprendí el sentido de una cuarta dimensión ante el espacio, y darme cuenta que
“Lo que hoy tenemos por demostrado fue una vez tan solo imaginado” (1)
1 William Blake, Stefano Zecchi, La Belleza, Editorial Tecnos, Madrid, 1994.,p25.
Arquitecta Tatiana Fonti Hubaide
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